«Mi nombre es José María Espinosa. Soy un guardia civil de Algeciras (Cádiz) destinado en la Comandancia de Ceuta y comisionado en Haití desde el pasado 16 diciembre. El 12 de enero me encontraba chateando con mi novia cuando oí un gran ruido, como si se tratara de una apisonadora. Comenzaron a caer trozos de cemento del techo a la vez que los pilares de la casa empezaron a balancearse. Sin pensarlo dos veces, y sin duda alguna del terremoto que se estaba manifestando, corrí hacia la salida. Tuve tiempo de mirar hacia atrás y pude ver cómo caía mi habitación. Continué saliendo entre polvo y recibiendo algún que otro cascote. Ya fuera, comprobé que los cuartos traseros de las cuatro plantas se habían caído, produciendo enormes daños». Es el relato en primera persona de un agente del Instituto Armado destinado en Jacmel, al sur del país, como parte de la cuarentena de policías y guardias civiles españoles que integran, junto a otros efectivos internacionales, la Misión de Estabilización de Naciones Unidas en Haití (Minustah) a los que sorprendió el devastador seísmo que ha asolado la región.
Está a salvo, como otro compañero de Madrid y varios policías de varias nacionalidades con los que convivía, pero con su retina impresionada de imágenes grabadas a fuego. «El terremoto se manifestó breves segundos, unos 30 –rememora–, pero ese poco tiempo puede marcar y cambiar la vida de una persona y de un país. Se oía gente gritando, atemorizados. Ambulancias no, sólo hay una en todo el pueblo. Llegaban noticias sobre los edificios desplomados, uno de ellos un colegio donde estaban sepultados más de treinta niños». Espinosa recuerda el desconcierto que produjo que las transmisiones telefónicas no funcionaran y el desasosiego de la estampa de «cuerpos aplastados y mutilados» que comenzó a dibujarse tras reconocer la zona. La noche cayó como un oscuro saco y trajo repetidas sacudidas. «Una niña me preguntó que cuándo iba a acabar todo esto y la radio comenzó a emitir el desastre de la capital», continúa. Con las primeras luces se iniciaron los trabajos de rescate y el agente de Madrid condujo al hospital «a un pequeño desnutrido y deshidratado de unos 5 años. Su madre lo abandonó, según comentaban».
El siguiente recuerdo: las informaciones de Puerto Príncipe cada vez eran peores. «Me preocupaban también los compañeros del contingente español y pensé que debíamos comunicar al jefe que estábamos bien. Desgraciadamente supe que una componente del Cuerpo Nacional de Policía estaba desaparecida –luego se confirmó su muerte–».
En medio del paisaje de olores imposibles, los que pedían auxilio eran «muchos». «Les comenté que la ayuda internacional llega –asevera a LA RAZÓN–, pero pude personalmente comprobar que la carretera se encontraba sepultada en su totalidad a 21 kilómetros de donde estaba». Y también ha constatado que hay siempre quien «se aprovecha de los males»: «En un lugar en que la mitad de la calzada se hallaba repleta de tierra, algunos aldeanos colocaron una barrera de madera pidiendo peaje por pasar», dice.
En las sucesivas jornadas, Espinosa entregó alimentos en un campo de fútbol de Jacmel a miles de personas a las que «el hambre les hace ser violentos y desconfiados, al temer perder su ración». De hecho, asegura que los policías canadienses «notaron que quienes repartían la comida daban algún que otro cazo de más a los conocidos». «Afortunadamente» los relevaron porque «se quedaron niños sin comer ese día».
Las noches vuelven y cientos de personas «duermen a la intemperie envueltos en sábanas, incluso en la carretera protegidos con unos bloques de hormigón para no ser atropellados», lamenta. «Cuando me preguntan qué van a hacer ahora», atemorizados por nuevas réplicas, «procuro decir a los ‘sin techo’ que hay que empezar de nuevo a reconstruir el país, pero esta vez con cimientos y pilares más fuertes. Intento transmitirles coraje y a los que perdieron familiares acompañarlos en su dolor comunicándoles que los miembros de la ONU también hemos sufrido bajas en un país que no es el nuestro y que aquí seguiremos, trabajando para ellos, mientras nos necesiten».
La «esperanza» de la AUGC
La Asociación Unificada de Guardias Civiles (AUGC), por iniciativa del secretario de la organización en Granada, José Cabrera, y la Junta Directiva Nacional, ha puesto en marcha un programa solidario: «Esperanza para Haití». En ese sentido, el secretario general de la Federación de Andalucía, Juan Luis Damas, no dudó en hacer ayer un llamamiento «a la sociedad, y en especial a las instituciones, asociaciones de todo tipo y a los partidos políticos», para que se involucren y aporten «medios materiales, económicos y almacenes vacíos no utilizados en cada una de las provincias de la comunidad andaluza por esta causa». Damas hizo extensiva la petición a todas las instancias del Instituto Armado.